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EN LA PRENSA

Manuel Illicachi Guamán: El ascenso del espíritu

En Diario El Telégrafo / 7 de julio de 2009

Manuel IllicachiUn ejemplo de dignidad y amor a la naturaleza humana, a su capacidad de crecer y perdonar. Hombre de acción y pensamiento, orgullo genuino de una raza ancestral.

El brutal asesinato de su padre aparece una y otra vez, como imágenes aisladas de su vida. Recuerdos dolorosos. Muy dolorosos. Manuel Illicachi pudo buscar venganza en los años ochenta, porque transgredieron su mundo y cambiaron de un zarpazo la vida de su familia.

No. No era la respuesta más adecuada. Levantó los brazos en esos momentos. La justicia divina tendrá que intervenir, se dijo a sí mismo. Él no. Él siguió adelante en un mundo que lo golpeó directamente por nacer indígena. Siguió a pesar del anuncio de que la lucha por los derechos de un pueblo cuesta. Y muy caro.

Ahora navega tranquilo en Internet en un edificio antiguo de piedra y ladrillo. De ventanales que dejan entrar  la luz del día y que producen una sensación visual de claroscuro a cada paso. Viste de jeans y abrigo deportivo azul y, al mismo tiempo, con una camisa abierta hasta el tercer botón, cadena, reloj de oro y zapatos formales blancos. Su cabello es corto, pero termina en una melena pronunciada. Su estilo es una fusión de un profesor, como el de la película La sociedad de los poetas muertos, y de un cantante a lo Héctor Lavoe.

Hace un día terminaron clases en el Centro Experimental de Educación Intercultural Bilingüe Quito (CEDEIB-Q), que él fundó y al que le ha dedicado la mayor parte de su vida. En su escuela se enseña en kichwa con orgullo. Celebran las fiestas del solsticio, de la Pacha Mama. Hay un equipo de fútbol que ha sido campeón. Un grupo de danzas tradicionales, que por su trabajo ha ganado mucho reconocimiento. Se dictan clases de música, especialmente de ritmos originarios de la provincia de Chimborazo, de donde provienen el 80 por ciento de los 280 alumnos y alumnas.

"Yo viví, junto a algunos compañeros, castigo físico y moral de parte de los maestros por hablar kichwa y por ser indígena…"

En su oficina, Manuel convive en un espacio de soledad. Ahí construye una forma propia y auténtica de educar a niños y niñas que viven en el sector de San Roque, son hijos e hijas de comerciantes del mercado: “Yo viví, junto a algunos compañeros,  castigo físico y moral de parte de los maestros por hablar kichwa y por ser indígena… Por eso creímos necesario con la Asociación de Indígenas Kichwas Residentes en Quito General Alejo Sáez, formar un centro educativo propio”.

Ese sueño comenzó en un local pequeño, subocupado, en 1988, con 14 alumnos. Manuel tenía 19 años. Antes -sin su padre- buscó un futuro para su familia en la ciudad. Vendía hortalizas en San Roque. Luego refrescos en Guayaquil. Fue albañil, peón y además terminó el colegio y se graduó como maestro.  

El local del CEDEIB-Q se trasladó al Panecillo en 1990. Y ahí, la violencia  apareció otra vez como una sombra perversa. El guardia y compañero de asociación, por defender la escuela de un grupo de delincuentes, fue quemado vivo. Entonces, en 1995, Manuel y otros integrantes del Centro se tomaron el antiguo colegio Central Técnico. Estuvieron a punto de desalojarlos. Sin embargo, al observar la labor educativa e intercultural que realizaban, les cedieron el local. Hoy se encuentra en comodato por 20 años.

Y esa no era la única batalla. La escuela estaba abarrotada de vendedores. Manuel pidió que salieran del lugar. Quería un espacio en donde sus alumnos y alumnas pudieran concentrarse. Llegaron amenazas de muerte. La historia de su padre se repetía: “Él fue el primer líder indígena de Puesetus Grande (provincia de Chimborazo), mi pueblo… Luchó contra los grandes abusos que se cometían de parte de los hacendados. Un día, de viernes para sábado, lo descuartizaron y lo lanzaron a una quebrada como represalia”.        

Manuel hoy es respetado. Educó a los hijos de quienes lo amenazaron.

- ¿Si no encontraba la escuela qué rumbo le hubiera gustado tomar?

- En realidad también recorrí otro camino. Desde niño aprendí a tocar la quena, la guitarra y después a cantar.

Formó grupos folclóricos y ahora tiene tres discos. Se encuentra promocionando el último. Utiliza como nombre  artístico el de Rey de los Andes. Desarrolla un estilo musical, ligado siempre a sus raíces. San juanitos, albazos, saltashpas y pasacalles componen su repertorio. Pura alegría, no existen rencores. “La vida me ha  dado mucho, no hay para qué sentirlos”.

Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
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